5 de febrero de 2011

JUVENTUD, NIÑES Y NARCOTRAFICO

Miguel Concha

Dada la cantidad de niñas, niños, adolescentes y jóvenes que han sido víctimas de la lucha contra la delincuencia organizada o se han visto involucrados en el narcotráfico, la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) presentó el pasado lunes en Ginebra, ante el Comité de la Convención Internacional por los Derechos del Niño, un informe alternativo sobre el cumplimiento del Protocolo Facultativo relativo a la participación de niños en conflictos armados en el país. Teniendo en cuenta las obligaciones internacionales contraídas por el Estado mexicano en la materia, en la parte correspondiente a prevención, analiza el reclutamiento voluntario de menores de 18 años de edad y mayores de 16 en las unidades de transmisiones del Ejército, así como su formación militar, régimen castrense y condición civil ambigua en las escuelas militares a partir de los 15 años, y la posibilidad de adelantar, de acuerdo con sus necesidades e intereses, con la autorización de sus padres o tutores, su servicio militar a los 16 o 17 años. Señala incluso la participación en 2009 de 314 de este último grupo en actividades de adiestramiento para la erradicación de cultivos de amapola y mariguana, y la participación ese mismo año del primer grupo en actividades de búsqueda, localización y destrucción de enervantes en Mazatlán.

La Redim calcula que tendencialmente más de mil niños, niñas y adolescentes han perdido impunemente la vida en los últimos años en el combate contra los cárteles, pues los datos requeridos a las dependencias oficiales son parciales e incompletos. Y afirma también que según cifras de la Academia unos 30 mil niños y niñas cooperan con los grupos criminales en distintas formas, involucrados en la comisión de unos 22 delitos, desde tráfico de drogas hasta secuestro de personas, desde trata de seres humanos hasta extorsiones, contrabando, piratería, corrupción, etcétera. Todo ello sin contar a los que han quedado lisiados, huérfanos de uno o los dos padres, de sus familiares adultos y en el desamparo. Especifica que en general –aunque ahora ello también depende de las actividades y capacidades concretas delictivas que van adquiriendo–, los más pequeños, pertenecientes más bien a bandas y pandillas locales, trabajan en el narcomenudeo y como vigilantes de las actividades que realizan las organizaciones criminales. Los más grandes, en cambio, enrolados muchas veces en la base operativa de las mafias trasnacionales, trabajan en el traslado de la droga, y comienzan ya a ser contratados como sicarios a partir de los 16 años. A las niñas se les ocupa en el empacamiento de la droga.

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